PROCESOS QUE TIENDEN A LA CONFIANZA
Estrategias civiles para crear transparencia
VotoBit 03-02-2003
--RGB series (Picasso-Gris-Schwitters), 2003 Fotografia
¿Es un buen método, es inteligente, es práctico, anteponer la privacidad a cualquier otro derecho, o aún más, convertir la privacidad en un derecho ilimitado?
Antonio Yuste. Es miembro del Comité Técnico del OVE y asesor tecnológico del Laboratorio Unidad de Imagen del Instituto de Automática y Fabricación (Universidad de León)
Por ANTONIO YUSTE
Existen muchas y contradictorias bases de datos repartidas por la sociedad, en soporte magnético, digital, fácilmente clonables, en la que nuestra identidad es fluctuante, parecida, repetida, difusa, contradictoria, incompatible e incluso falsa o maliciosa. Algunas con datos puros, otras con datos puros fuera de contexto y otras con interpretaciones. Algunas con datos bajo permiso, en otras sin él, existiendo también las bases de datos que se construyen contra el afectado y al margen de la ley. De todo hay. Como es bien sabido dichas bases de datos, son bases de datos, por encima, por debajo, a izquierda y derecha de la ley, de libre disposición en el mercado. El trasiego de fondos de información, algunos muy reservados y en teoría protegidos por los máximos guardianes, con fichas con información variada sobre ciudadanos, es intenso y constituye un fondo de comercio que crece cada día.

En unos casos los ciudadanos autorizan dicho comercio dando permiso para dicho trasiego comercial, en otros de ningún modo y en muchos es la propia ley la que permite y facilita el mencionado trasiego comercial. Es obvio que nuestra identidad constituye un negocio y que la actual legislación no está a la altura del imperio de las nuevas tecnologías y las facilidades que promueven.

La identidad es un negocio, un negocio entre la ilegalidad y la alegalidad, deficientemente regulado, que afecta a otro derecho fundamental, el control de la propia identidad, que tanto cuesta construir en tiempo, planificación y esfuerzo, al que todos los ciudadanos tenemos derecho y que está siendo vapuleado en medio de un infierno de información contradictoria contenida en numerosas bases de datos fuera de control. Nuestra identidad, por acumulación de información contradictoria termina convirtiéndose en irrelevante, por poco fiable e inútil, pero siempre ingobernable y con frecuencia lesiva con el telón de fondo de unos ciudadanos indefensos y unos tenedores de información de poca o pésima calidad.

La Ley, muy imprudentemente, no está a la altura de las potencialidad de la tecnología. ¿Por qué se permite la constitución de bases de datos, todas, sin excepción, en formato digital, sin acceso remoto?. ¿Cómo es posible constituir un fondo de información con datos que se solicitan a los ciudadanos sin que los afectados puedan ejercer el derecho de habeas data de manera remota?. La ingeniería discursiva, muy aleatoria, para justificar tal proceder escapa a menudo a las capacidades intelectivas.

¿Alguien es capaz de enunciar alguna funcionalidad interesante para algo o para alguien en tal proceder?. ¿Qué utilidad práctica tiene constituir bases de datos que se obtienen legalmente para a renglón seguido pasar al mundo de las tinieblas?. ¿Por qué la ley permite e incluso anima la constitución de bases de datos que dan la espalda, precisamente, a los titulares de dichos datos?. ¿Qué ventajas proporciona, a quién, de qué modo y para qué, mantener entre tinieblas las bases de datos?. No estamos hablando de que los ciudadanos tengan derecho a modificar los datos pero sí a conocer con precisión los datos que se almacenan sobre él y a suprimirlos o modificarlos si fueran falsos o imprecisos por el procedimiento que se regule, en función de los pactos entre las partes o lo que prescriba el ordenamiento legal. Toda base de datos en formato digital cuyos datos son obtenidos con consentimiento del ciudadano, sin excepciones, que no pueda cumplir con la cláusula del derecho de habeas data a favor de sus titulares, via Internet, debiera, eso se postula en este artículo, estar fuera de la ley. Las tecnologías hoy en día permiten y facilitan el ejercicio de dicho derecho, el que tienen los ciudadanos para acceder a su casillero, exclusivamente a su casillero, en cualquier base de datos.

Es cierto que cumplir con dicha exigencia jurídica lleva implícito la constitución de una cadena de valor, una cadena estructural, tecnológica, humana y legal, que necesita claridad de ideas y también, por qué no decirlo, limpieza de ánimo.

Las bases de datos de segundo y tercer nivel, con metadatos, que afectan a clasificaciones, valoraciones y pronósticos, pueden, es cierto, estar afectadas por la propiedad intelectual, por la libertad de opinión e interpretación. Aún así y considerando la facilidad tecnológica de replicación y su posible uso malicioso, ningún derecho sobre propiedad intelectual se lesiona permitiendo el acceso individualizado de cada ciudadano a su propio casillero.

Cuando se trata de bases de datos alimentadas con datos sólidamente refenciados ¿qué sentido tiene mantener en la clandestinidad dichos datos y sobre todo, por qué y para qué?. ¿Por qué se niega a los afectados el derecho de habeas data y que beneficios proporciona tal conculcación de derechos?. ¿A quién beneficia tal proceder?. ¿Alguien, puede identificar siquiera algún tipo de beneficio económico, social, político o de cualquier otro signo en tal proceder?. Y de exisitr, ¿alguien es capaz de razonar la naturaleza de dichos beneficios?


> ¿Cuándo estoy mejor protegido?

Del negocio de la identidad se deriva otro problema, la ausencia de seguridad individual y colectiva. La primera reacción, a un problema que se agiganta por segundos, ha sido la defensa cerrada de la privacidad, la defensa intransigente de la privacidad desatando estrategias de importación de pánico.

En los EE UU la administración federal y estatal, con criterios de anticipación, desarrollaron en épocas tempranas infraestructuras tecnológicas en grado alto o muy sofisticado para acumular la identidad de sus propios ciudadanos y del resto de ciudadanos del mundo, almacenando incluso árboles genealógicos completos, siguiendo la huella genética o de la sangre. Es comprensible que los ciudadanos de los EE UU, acostumbrados a una defensa a ultranza de la privacidad de la que forma parte la tenencia casi ilimitada de armas defensivas o de ataque y que consideran la existencia de un DNI, como el que conocemos en España, como una intromisión intolerable del Estado, acudan a invocar el pánico ante el poder del Estado sobre ellos.

Cabe preguntarse si todos los ciudadanos de los EE UU piensan en los mismos términos y cabe preguntarse, con criterios de prudencia, si acaso no estamos importando pánico un poco alegremente, que se corresponde con el pánico de algunos ciudadanos con planteamientos muy específicos.

Suponer que la mayoría de la sociedad de los EE UU piensa en su propia administración como el enemigo, el enemigo a batir, puede ser un exceso interpretativo. Suponer que la administración española dispone de las mismas infraestructuras, puede ser otro error interpretativo y suponer, por último, que la alternativa a la inseguridad que provoca la difusión incontrolada e incontralable de nuestra propia identidad es la privacidad a ultranza o el oscurantismo, es el mayor de los disparates.

¿Y por qué tanta rotundidad?. Por razones obvias, porque en la invocación de la privacidad y de los derechos de propiedad intelectual encuentran fenomenal cobijo, asimismo, los que manipulan y comercian con la identidad ajena. Ellos son, en la práctica los grandes beneficiarios de la defensa de la privacidad convertida en un derecho superior al de habeas data y el de los ciudadanos a preservar su identidad. Una identidad que admitiendo no excede de un claroscuro en la mayor parte de casos, es la nuestra a fin de cuentas. Lícito es suponer derechos sobre ella, derechos para sus naturales propietarios.

¿Y si invirtiéramos el razonamiento?, a saber, cuándo estamos mejor protegidos, ¿cuándo la policía lo sabe todo de nosotros o cuando no sabe nada?. Cuándo estamos mejor defendidos y protegidos por la ley, ¿cuándo todas las bases de datos son opacas o cuando son transparentes para los ciudadanos, uno a uno?. Las respuestas conviene darlas en clave práctica y someterlas después al imperio de la ley y de la interpretación jurídica y práctica en clave de derechos y obligaciones, con la condición, condición inexcusable, de que derechos y obligaciones sean posibles y ejercitables. Convertir el derecho a la privacidad en un derecho ilimitado, que todos invocan, los perjudicados y los que perjudican, es más perturbador que clarificador.

La privacidad, conviene no olvidarlo, es un derecho sometido a constante regateo. En los países en los que no existe DNI, ofrecer una tarjeta personal con los datos propios, es un acto de transparencia, buena vencidad y confianza. En España no experimentamos esa convulsa necesidad. Por fortuna no padecemos tanta ansiedad con los asuntos derivados de la seguridad colectiva. Nuestros datos personales los proporcionamos en tarjetas personales, en conversaciones y por otros muchos medios, a merced y con la intensidad que en cada caso nos parece oportuna. Así debe ser.


> ¿Quién manda en el binomio?

Es el binomio transparencia-privacidad. La transparencia afecta al dominio de lo público, y eso es precisamente una base datos, un almacén de datos de otros, del público y que afecta a sus derechos individuales. La privacidad es un derecho de los individuos que necesitan, como no, de recogimiento y del confort que proporciona dominar la propia identidad y los beneficios que de ella se derivan, leáse afectos, prestigio o bienes.

Estamos bien entrenados intelectualmente para lo segundo, la defensa cerrada de la privacidad, pero muy poco e irresponsablemente para el ejercicio de la transparencia como si de ella no se derivaran beneficios personales. Se olvida con frecuencia, con cierta temeridad, que la marca de nuestra especie es la sociabilidad, nuestra capacidad para organizarnos en grupo, para alcanzar metas en grupo, para transformar el entorno en grupo y para organizar nuestras razones y sentimientos en grupo. Nuestras razones valen en tanto son escuchadas y nuestros afectos valen en tanto tienen destinatario. Nuestros derechos valen en tanto son respetados, en tanto los otros los reconocen y nuestra seguridad vale en tanto los demás la comparten.

En el binomio transparencia-privacidad conviene estar del lado de la transparencia porque ella nos proveerá de privacidad y seguridad. Ningún sentido tiene renunciar a las potencialidades de la era digital con su propia aportación. Todo lo que se almacena en dicho formato es replicable y no crea problemas de abastecimiento. La era de la Sociedad de la Información es la era del Conocimiento y el conocimiento, el que proporciona riqueza y bienestar, el que nos alimenta, es un intangible que encuentra en la era digital un mecanismo excepcional, de singular precisión, imposible de ignorar.

En la era del conocimiento, las infraestructuras digitales, nos aseguran su distribución y que no habrá escasez. Son tecnologías que preservan y realizan como ninguna otra el principio deontológico sobre el que se ha construido el sistema educativo de los países libres, la transmisibilidad del conocimiento. Por lo tanto parece oportuno recordar que la elección entre transparencia y privacidad se decanta del lado de la transparencia, del lado de todo lo que fortalece la marca de nuestra especie y que lo que conviene y el sentido común dicta, no es prohibir el uso de la tecnología, la existencia de base de datos, sino al contrario, fomentar un uso práctico, inteligente de las mismas, preservando nuestras libertades básicas. Eso es lo que tiene que hacer la ley, empezar a mirar el futuro de frente, con regulaciones útiles.

No, nada de eso, no se trata de prohibir el DNI, no se trata de disolver la policía o los ejércitos, nada de eso, no se trata de generar inseguridad compulsiva, se trata, al revés, de generar sistemas de confianza y disuasión útiles, que nos proporcionen seguridad respecto a los sátrapas, tiranos y abusadores. La defensa cerrada de la privacidad es la defensa del oscurantismo y el osucurantismo promueve, es bien sabido, en esencia inseguridad. La defensa cerrada de la privacidad conduce a la militarización de la sociedad, exactamente lo contrario de los que inicialmente se perseguía. Nuestra especie no es por naturaleza buena, tiende a sobrevivir y para eso se prevale de habilidades que proceden de su sociabilidad, pero no siempre lo logra, en ocasiones, con más frecuencia de lo deseable, sucumbe ante el odio irracional o racional, ante el miedo que nos inspira la fuerza del otro, imaginada o real, ante el pavor a lo desconocido, ante la codicia, ante la soberbia y en ocasiones ante el orgullo. Las entrañas de la historia están repartidas en mil pedazos por los siglos de los siglos como ejemplo de lo que decimos. Nuestra especie no solo es buena, que también, pero para enfrentarnos a nuestro lado turbio las mejores estrategias son las de la libertad y las de la transparencia que nos conducen a los estados de confianza y disuasión, capaces de identificar y neutralizar el mal con más éxito que otros métodos.

La elección es entre oscurantismo y libertad. Y en esa elección lo adecuado es decantarse por la transparencia, un bien público, generador de confianza, que a todos protege.


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Texto. Antonio Yuste. Miembro del OVE
Fecha. 03-02-2003
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